Hay un momento en muchas vidas en que lo viejo ya terminó y lo nuevo todavía se hace esperar. Se cerró un trabajo, una relación o una versión de uno mismo, y lo siguiente aún carece de forma. A ese tiempo intermedio me gusta llamarlo el Pasillo: ya saliste de una habitación y la puerta de la siguiente no se ha abierto. Quien lo atraviesa suele sentir desorientación, y alrededor no faltan las prisas ajenas: define tu situación, decide algo, tienes que saber qué quieres. Y a veces, sencillamente, todavía no hay respuesta.
Este tiempo tiene más dignidad de la que nuestra cultura le concede. Las culturas tradicionales reservaban en sus ritos de paso una fase intermedia, en la que la persona ya había dejado su antiguo lugar y aún no ocupaba el nuevo; lejos de considerarla un fallo, la protegían, porque sabían que ahí ocurría la transformación. La psicología Gestalt habla en un sentido parecido del vacío fértil: un estado incómodo y valioso en el que las formas viejas se deshacen para que algo verdaderamente nuevo pueda organizarse. La astrología conoce bien estos climas de cierre: los describe como tiempos de gestación, donde el trabajo es silencioso e invisible antes de volverse acción.
Lo desconcertante del Pasillo es que la identidad anterior ya no organiza la vida y la nueva aún carece de contornos. Esa sensación de no saber quién se es resulta incómoda, y es también esperable: forma parte del proceso, más que una señal de que algo va mal. La tentación habitual es doble: volver corriendo a la puerta de atrás, aunque ya se sepa que aquello estaba agotado, o forzar la de delante con decisiones prematuras, solo por calmar la ansiedad de estar sin definición.
La tarea del Pasillo es más humilde y más difícil: estar. Sostener la incertidumbre sin declararse en emergencia. Eso incluye distinguir la pausa del abandono: se puede estar en transición y, a la vez, cuidar lo básico con esmero, el cuerpo, el sueño, los vínculos que nutren, alguna rutina sencilla que dé estructura a los días. Conviene también resistir la urgencia de llenar el vacío con ruido, actividad frenética o compromisos tomados solo para tener algo que contar. El silencio de esta etapa está haciendo un trabajo, aunque no se vea.
Con el tiempo, el Pasillo suele revelar su función: aclara qué merece pasar a la siguiente etapa y qué conviene dejar en la anterior. Las personas que lo han atravesado con paciencia suelen contar algo parecido: la puerta nueva se abrió cuando dejaron de empujarla, y entraron más ligeras de equipaje.
Si estás hoy en ese lugar, te dejo dos preguntas: ¿puedes concederte un plazo razonable sin exigirte definición, y qué cuidados básicos lo harían sostenible? ¿Y qué del equipaje viejo estás aún cargando por costumbre, más que por necesidad? Las transiciones remueven mucho; atravesarlas con alguien al lado, sea un buen amigo o un buen profesional, las vuelve más habitables.