Has soltado lo viejo (trabajo, pareja, identidad), pero lo nuevo aún no ha llegado. Estás en el pasillo. Es un lugar oscuro, estrecho y silencioso. Sientes que has perdido el rumbo. El ego patalea, quiere volver a abrir la puerta de atrás o forzar la de adelante. Sientes que estás cayendo al vacío. La sociedad te presiona: «Define tu situación», «¿Qué vas a hacer?». Y no tienes respuesta.
Este espacio liminal es sagrado. Es el capullo de la oruga. Si no soportas el pasillo, abortas la metamorfosis. Es el momento de la fe desnuda. No fe en que va a pasar lo que tú quieres, sino fe en que la vida te está sosteniendo aunque no veas el suelo. Es un tiempo para estar, no para hacer.
No llenes el vacío con ruido. Deja que el vacío te trabaje. Te está limpiando. Te está preparando para una versión de ti que aún no conoces. Pregúntate: ¿Puedo tolerar la incertidumbre sin declararme en emergencia? ¿Quién soy cuando no tengo etiquetas? Aguanta. La puerta se abrirá, pero solo cuando hayas soltado las maletas viejas.